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El grito silencioso

En un dormitorio oscuro, una mujer joven con piel suave, pálida y una linda cara se encuentra en una cama de almohadas rosadas. Sus cascadas rectas de pelo por la espalda, y ella lleva un garfio de perlas y pendientes de aro de oro. La habitación está llena de olores de lavanda, y el aire es grueso con deseos inconformes. Ella mira una pintura en la pared, su boca ligeramente abierta como si estuviera sufriendo. Al otro lado de la habitación, un hombre con una enorme y amplia polla se mantiene confiado, sus ojos la encerraron. Se acerca lentamente, su mirada nunca la deja. Las lágrimas de la mujer fluyen libremente por su rostro, su cuerpo temblando con miedo y anticipación. El hombre nota su temblor y coloca suavemente su mano sobre su hombro, tratando de consolarla. Pero ella se aleja, su expresión de puro terror. El hombre frunció el ceño, su ceja surgiendo profundamente. Ella tropieza hacia atrás, sus ojos anchos con pánico, pero él la sigue, su determinación inquebrantable. Las manos de la mujer instintivamente cubren su vagina, tratando de ocultarse de sus avances. El hombre nota su gesto y sus esmiradores, su confianza creciendo más fuerte. Se acerca más, su enorme polla liderando el camino mientras se acerca a ella. Las lágrimas de la mujer siguen cayendo, sus sobs resonando por la habitación tranquila. Ella le roga silenciosamente, sus ojos le suplican que pare. Pero el hombre no escucha; presiona hacia adelante, sus intenciones claras. Las manos de la mujer ahora agarran sus hombros firmemente, sus uñas cavando en su carne mientras intenta aferrarse a él. Sus labios se encuentran con ella en un fuerte beso, ignorando sus protestas. El cuerpo de la mujer se tensa, sus piernas temblando contra su poderoso marco. El hombre la levanta de la cama, sus piernas envolviéndose alrededor de su cintura mientras lleva sin esfuerzo. Ella lucha dentro de sus brazos, pero él la sostiene firmemente, no permitiéndole escapar. Las lágrimas de la mujer han pasado mucho tiempo, reemplazadas por gritos silenciosos que nadie puede oír. El hombre la lleva al suelo, su cuerpo débil y gastado. La libera, alejándose mientras sus sobs finalmente bajan. La mujer está en el suelo, su cuerpo temblando, su mente un borrón de emociones. El hombre la mira desde el otro lado de la habitación, su expresión inalcanzable. La mujer se arrastra hacia él, sus manos se extienden, pero él le da la espalda, dejándola sola en el diminuto cuarto iluminado. Las sobs de la mujer se hacen eco a través del silencio, su corazón dolorido con desesperación. El hombre desaparece de la habitación, dejando sólo los ecos de su encuentro. La mujer se deja sola, sus lágrimas secan sobre su rostro mientras se mece, tratando de encontrar la paz en el caos.